El Silencio Impuesto en Herat: La Lucha de las Mujeres Afganas que Resuena hasta el Biobío

HERAT, AFGANISTÁN.- Las calles de Herat, una de las ciudades más antiguas y culturalmente ricas de Afganistán, amanecieron este miércoles bajo un silencio impuesto por la fuerza. Un masivo despliegue de fuerzas de seguridad del régimen talibán ha sofocado cualquier intento de reanudar las valientes protestas que estallaron el martes, cuando decenas de mujeres salieron a denunciar una ola de arrestos arbitrarios por no cumplir con la estricta interpretación del hiyab.
Los hechos no son aislados, sino la crónica de una regresión anunciada. Desde su regreso al poder en agosto de 2021, tras la caótica retirada de las tropas estadounidenses, los talibanes han desmantelado metódicamente dos décadas de avances en los derechos de las mujeres. Como ha documentado exhaustivamente la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Afganistán (UNAMA) en sus informes trimestrales, se ha implementado un sistema de “apartheid de género”. Decretos emitidos por el temido Ministerio para la Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio han excluido a las mujeres de la educación secundaria y universitaria, de la mayoría de los empleos y de la vida pública si no van acompañadas por un mahram (un guardián masculino).
Las detenciones en Herat y Kabul durante las últimas semanas, bajo el pretexto del “mal hiyab”, representan una nueva escalada. Según reportes de agencias como Reuters y la BBC, no se trata solo de no usar el burka, sino de cualquier interpretación que el régimen considere “inapropiada”, sembrando el terror y la incertidumbre. Esta política busca erradicar la identidad y la presencia femenina del espacio público, una realidad que contrasta brutalmente con las promesas iniciales de un “Talibán 2.0” más moderado.
A pesar de la represión a tiros y la intimidación sistemática, el acto de alzar la voz en las calles de Herat se convierte en un símbolo universal de resistencia frente a un régimen que busca borrar a la mitad de su población del espacio público.
¿Por qué debería importarnos esto en Cabrero, en Yumbel o en cualquier rincón del Biobío? Porque la lucha por la dignidad no tiene fronteras. Chile, un país que conoce de cerca la pérdida y recuperación de la democracia, tiene un vínculo directo con esta tragedia. Tras la toma de Kabul en 2021, nuestro país acogió a grupos de refugiadas afganas, incluyendo a miembros del equipo de robótica femenino, como fue ampliamente cubierto por medios nacionales como La Tercera. Esas mujeres y sus familias viven hoy entre nosotros. Su dolor es un recordatorio tangible, cercano, de lo que sus compatriotas enfrentan a diario. Su libertad en nuestra tierra es el espejo inverso de la opresión que se vive en la suya.
Mientras la comunidad internacional, con un gobierno estadounidense bajo el mandato de Donald Trump más enfocado en políticas internas, mantiene una postura de condenas formales pero de escasa presión efectiva, la resistencia de las mujeres afganas persiste en las aulas clandestinas, en las redes sociales y en estos estallidos de coraje en las calles. Su lucha es un llamado de atención global sobre la fragilidad de los derechos humanos y el deber moral de no mirar hacia otro lado.
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