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Galería El Caballo Verde: cuatro décadas de arte, resistencia y legado en Concepción

Sección Especial:Noticias
Redacción: Paloma Castillo|Abril 8, 2026|7 min lectura
Galería El Caballo Verde: cuatro décadas de arte, resistencia y legado en Concepción

Gracias a la visión de su fundadora Carmen Azocar, La Galería de Arte El Caballo Verde marcó un antes y un después en la escena cultural penquista, conectando  artistas, territorios y generaciones. Desafiando el centralismo hizo del arte un refugio y una forma de permanecer.

Por Claudia Cadenas, periodista y colaboradora de la sección Empoderadas en Tinta.

En noviembre de 1985, en una ciudad donde los espacios culturales eran escasos y, en su mayoría, liderados por hombres, nació una galería que no sólo abriría sus puertas al arte, sino también a nuevas formas de habitarlo. La Galería Caballo Verde, ubicada en Caupolicán 321, local 5 en Concepción, no fue un accidente, fue una intuición, un acto de resistencia, una respuesta.

Su nombre, tan lírico como indómito, había cabalgado a través del tiempo desde mucho antes. Surgió en la niñez de su fundadora, Carmen Azócar, entre tertulias de poetas, artistas y literatos. En aquellos círculos brillaban figuras como Pablo Neruda y Delia del Carril, quien dejaría una huella imborrable en su trayectoria. Ese cruce temprano con el mundo cultural marcaría profundamente el sentido y la proyección de la galería.

En esa línea, y como reconocimiento a su significativa contribución a las artes y la cultura, Carmen Azócar, directora de la Galería Caballo Verde de Concepción, será galardonada por la Academia Chilena de Bellas Artes con el Premio Marco Bontá. En conversación con este medio, la fundadora abordó los inicios de este espacio, que ha enriquecido con una propuesta diversa a una comunidad ya familiarizada con el dinamismo de un entorno universitario.

Un quiebre que lo cambió todo

“En  el año 1980, yo trabajaba como docente y asistente social en la Universidad de Concepción. Obtuve por concurso público el cargo docente que ejercí durante 14 años,  luego fui exonerada, sin motivo alguno”, cuenta Carmen sobre los inicios de esta aventura. En medio de la incertidumbre, viajó a Santiago a reencontrarse con Delia del Carril, a quien conocía de toda la vida.

“Al ser despedida de mi trabajo, viajé a Santiago a ver a la Hormiguita, y me preguntó que iba a hacer.  Es ella la que me indicó: ´Debes promover la plástica en tu ciudad, tú conoces a los artistas, lo vas a hacer muy bien´. Gracias a Delia, comencé a organizar exposiciones en los institutos binacionales de Concepción y luego abrí la galería en noviembre de 1985”.

Fue ahí donde surgió la chispa que encendería uno de los espacios culturales más importantes del sur de Chile. Un lugar que, desde sus inicios, apostó por algo poco común para la época: acercar a Concepción lo más destacado de las artes visuales chilenas.

La primera exposición no dejó dudas de esa intención. Obras de Gracia Barrios, Nemesio Antúnez, Mario Carreño y Ricardo Yrarrázaval marcaron el tono de lo que vendría: una galería que no miraba hacia el centro, sino que traía el centro hacia la región.

Descentralizar, democratizar y abrir rutas

A lo largo de los años, la galería se convirtió en un punto de encuentro entre artistas y público. Un lugar donde no solo se observaba la obra, sino que también se conocía a quienes las creaban. Esa cercanía, tan poco frecuente,  fue parte esencial de su identidad.

“Yo creo que El Caballo Verde es un espacio importante para los artistas que hemos invitado a exponer y que han viajado a Concepción a compartir con el público. Conocer personalmente al artista junto a su obra, ha sido muy enriquecedor para todos”,  enfatiza Carmen.

Y aunque levantar un espacio así en los años 80 no fue fácil, nunca estuvo sola.”Tuve la maravillosa experiencia de contar con el trabajo de la destacada periodista del diario El Sur, Anamaría Maack. Profesional sensible y sabia, que informaba al público sobre las exposiciones y entrevistaba personalmente a los artistas. También recibí la ayuda del destacado periodista y director de teatro, Sergio Ramón Fuentealba  que escribía artículos sobre la galería en la prensa”. Este apoyo mediático fue imprescindible para la difusión, ya que  ayudaron a posicionar la galería en la escena local, construyendo un puente entre el arte y la comunidad.

Contra todo pronóstico, Caballo Verde no solo resistió: creció

Cruzó fronteras en una época donde internacionalizar el arte desde regiones parecía improbable. En 1995, al cumplir diez años, la galería llegó a Barcelona con la exposición “Neruda: una escritura, dos mundos”, cuya portada fue diseñada por el poeta Rafael Alberti. La muestra itineró por distintas ciudades de España, abriendo un nuevo capítulo.

Ese mismo impulso llevó a Carmen a establecer un intercambio entre galerías.Ese año 1995, conocí en Madrid, a la galerista española Brita Prinz, y decidimos hacer un convenio de intercambio entre galeristas. Así, en 1997,  Brita viajó a Chile y expone en  la galería una muestra de grabado español, donde participan obras de Picasso,  Tápies, Saura, Chillida… y la grabadora chilena Alexandra Domínguez. Por primera vez el público penquista pudo apreciar una selección de grabados de artistas consagrados universalmente”, señaló.

En 1998, “ El Caballo Verde” cruzó el Atlántico para instalarse temporalmente en la galería española Brita Prinz, llevando consigo la exposición “Grabado Chileno Contemporáneo” y a varios de sus artistas. Al año siguiente, Madrid volvió a abrir sus puertas cuando la galería recibió una invitación para la séptima edición de la Feria Estampa, Salón Internacional del Grabado y Ediciones de Arte Contemporáneo. Allí brillaron reconocidos grabadores chilenos cuyas obras captaron la atención internacional. Este intercambio cultural entre las galerías sembró semillas de conocimiento y experiencia que enriquecieron profundamente a ambas galeristas.

“Al comienzo me preguntaban a menudo, porque no exponía la obra de pintores penquistas. Pero mi proyecto siempre fue promover  lo más destacado de las artes visuales chilenas en Concepción.  Hace muchos años que la galería tiene un público cautivo,  que permanece siempre atento  a las nuevas exposiciones y a los artistas que se han ido incorporando a la sala”, sostuvo.

Pero quizás uno de los rasgos más profundos de esta historia no está solo en sus hitos, sino en su persistencia. Nada logró apagar del todo ese impulso inicial. “Mi optimismo y voluntad”, dice Carmen. Y también algo más: el amor. Ese que la hizo recuperarse de un grave accidente en Buenos Aires pensando en volver a la galería. Ese que la sostuvo durante más de cuarenta años.

Hoy, ese amor también se transforma

La historia de esta galería para la ciudad de Concepción, es un legado, que siempre será parte del tejido cultural penquista. Porque cuando las mujeres lideran espacios culturales, no solo los crean: los cuidan, los expanden, los hacen florecer.  Por lo mismo también se incorporó en este gran proyecto su hija Carmen Morales, y como nos dice la galerista, “Integrar a mi hija a la galería, ha sido muy productivo. Su incansable colaboración, me ha permitido seguir trabajando durante más de cuarenta años”. Cuarenta años que han sido un real aporte a la comunidad. “Compartir y acercar la obra de artistas chilenos destacados, ha sido gratificante y enriquecedor también para mí como galerista. Yo siempre digo: Caballo Verde, me ayuda a vivir”. Y ahora, tras cuatro décadas, llega el momento de cerrar sus puertas. Pero no es un final silencioso. Es el último galope de un caballo que nunca quiso ser domesticado. Un espacio que hizo del arte un acto de encuentro, de resistencia y de vida. Porque, como dice su propia fundadora:   “Ante todo, hay que perseguir los sueños”.